Tras la muestra de IGNORANCIA de Peña Nieto

diciembre 8, 2011 en 12:17 am | Publicado en PRINCIPAL | Deja un comentario
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A muchos no les importa que tengamos otro presidente estulto, sólo importa si se ve bien frente a las cámaras. Mientras tanto en desde afuera ya le llaman “el Justin Bieber del PRI”

The New York Times dice de Peña Nieto: “telegénico, pero hueco”.

Qué decir si no lees (o se te olvidó)

El escenario era ideal para lanzar el libro: la FIL de Guadalajara en su 25 aniversario. La obra: 200 páginas de material de campaña, ideal para incondicionales. Un pisapapeles editado por Grijalbo. El autor: el precandidato del PRI a la presidencia de la república: Enrique Peña Nieto.

Y entonces, la pregunta fatídica. Díganos, por favor, tres libros que hayan influido su carrera política. ¿Es el fin del mundo de que hablaban los mayas? ¿La intervención de un reportero insidioso? No, es la pregunta más trivial y predecible, no digamos en una feria del libro; sino a un autor que presenta uno de su (supuesta) autoría.

Lo que sigue es conocido e imposible de tapar por más control de daños que intenten las docenas de asesores. Tres minutos de risa loca. Un Juaydekrauze inolvidable. Dos tuits desafortunados, y tres días después: trend-topic nacional, dentro y fuera de Twitter. ¿Qué estás leyendo?, preguntaba Ciro Gómez Leyva a cada colaborador que desfilaba anoche en su noticiero (todos respondieron).

Al final, lo que más se le reprocha a Peña Nieto no es su incapacidad para recitar un puñado de autores y obras para satisfacer la pregunta del público; lo que se le está reclamando es su incapacidad de simular.

Jesús Silva-Herzog Márquez apunta que el problema fue verlo caer lentamente sin que las neuronas fueran capaces de interrumpir la caída. Se ha dicho que es un problema de improvisación: no debe improvisar, debe atenerse a los guiones y al teleprompter. Puede ser. Pero no nos engañemos.

A la población mexicana le importa muy poco que Peña Nieto lea todas las noches los grandes clásicos de la literatura mexicana, mundial o los best sellers de la autoayuda y el chisme político. Si tenemos claro que en México nadie lee, nadie tampoco se sorprende de que no se lea.

El problema es la incapacidad de montar bien el espectáculo: simular. Peña Nieto, como el aspirante de reality musical que se olvida la letra de la canción y se queda diciendo la-la-la-la los tres minutos. O peor aún, se detiene, mira a los jurados y ruega: “Ustedes seguro se saben la letra, díganme un poquito, no sean gachos”.

Nadie asiste a presentar un libro a la feria internacional más importante de Iberoamérica sin saber que es posible -digamos, muy probable- que alguien le pregunte sobre sus lecturas. El que el precandidato priísta asistiera sin preparar ese aspecto habla sobre la soberbia del que se sabe ganador antes de la carrera. No le importó si le preguntaban o no sobre sus lecturas. Pensemos, para aprovechar, en una recomendable: la fábula de la liebre y la tortuga.

No importa si lee -que, a lo mejor, sí lo hace- o si el suyo es un caso de analfabetismo funcional, de lectura de comprensión o de amnesia selectiva, una respuesta como la que se le pidió podría haberse preparado, ensayado y tenido lista, como mil preguntas y respuestas prefabricadas que se recitan durante la campaña.

Los mexicanos podemos estar acostumbrados a escuchar que leemos 1.5 libros por año o alguna cifra así: los académicos se rasgan las vestiduras, los mediáticos explican la atención que despiertan los nuevos medios y las redes sociales, los científicos elaboran teorías sobre la fragmentación de la atención en el individuo de la era Google.

Lo cierto es que los lectores y autores que frecuentan las ferias del libro son los que suben ese promedio de cero a 1.5, y son el público menos propicio para aplaudir a alguien a quien no sólo le importa muy poco la lectura, sino que le importa menos el público y el sitio donde está presentando su libro.

Vamos, le importa tan infinitesimalmente que ni siquiera fue capaz de inventarse la respuesta de rigor. La lista por default: Pedro Páramo, Aura, Dos crímenes, Cien años de soledad, El Quijote, La fiesta del Chivo. La que fuera.

Es claro que el Grupo Atlacomulco no tiene club del libro y que cuando se reúne EPN con sus compadres a repartirse el gabinete del próximo sexenio, el tema de conversación no suele transitar por las praderas literarias. Y no importaría.

No necesitamos un presidente que cite elocuentemente a Platón, Alfonso Reyes o al socorrido Krauze, como tampoco necesitamos uno que sea incapaz de leer sus discursos sin quedarse mudo porque se cayó una página del podio. Pero sí necesitamos uno que sea capaz de plantar cara a lo imprevisible, aunque no lo sea, y no haga el ridículo, se ruborice, llene de muecas, despeine el gel inamovible, mire desesperado a su asesor, mientras da vueltas a frases como “las mentiras del libro sobre el libro” sin ser capaz de reírse de sí mismo, decir un chiste, cantar el himno, decir algo trillado como “no importa lo que yo leí, sino que ustedes lean este libro”; cambiar el tema o alcanzar a leer la bolsa de la compra del que está en primera fila.

De hacer el ridículo sabemos mucho los seres humanos y no nos gusta: en carne propia o en la palestra de nuestros presentes y futuros líderes.

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